Niño espulgándose de Bartolomé Esteban Murillo

En la Sevilla del siglo XVII la figura de Bartolomé Esteban Murillo emerge como el más destacado pintor del panorama artístico de la ciudad. Su fama se debió principalmente a las imágenes religiosas plasmadas con una gran ternura y afabilidad, y cuya contemplación era la mejor manera de expresar devoción y fervor por parte de los fieles.

Pero, aunque su principal clientela eran las diferentes parroquias e instituciones eclesiásticas, no descuidó en su pintura otros contenidos más cercanos a la realidad que le rodeaba. Si con las “Inmaculadas” obtuvo una gran popularidad a nivel local, la representación de las clases más humildes en sus cuadros le supuso un gran reconocimiento fuera de España. Esto era debido a que este tipo de cuadros de reducidas dimensiones eran muy demandados en el norte de Europa por una poderosa burguesía capitalista cuyos gustos se inclinaban a las escenas de género y costumbristas.

El niño que se está espulgando es el primer cuadro que Murillo pinta sobre temas infantiles. La pintura muestra el momento en el que el protagonista, descalzo y vestido con harapos, se encuentra buscando algún tipo de parásito que le está molestando. La escena ubicada en un rincón transmite una sensación de gran tristeza y abandono, punto de vista que cambiaría el pintor al enfocar otras pinturas sobre este tema.

En realidad la limpieza de la época nada tenía que ver con lo que hoy se denomina higiene; el lavado personal era escaso y como muy pocas vestimentas se podían limpiar solían encontrarse cualquier clase de «bicho» en la ropa.

Para hacerse una idea, un refrán popular recogida en el libro de Lope de Vega, La Dorotea, decía: “no des consejo a viejo, ni espulgues zamarro”. La ropa se lavaba muy poco, incluidas las prendas interiores lo que provocaba la presencia de estos parásitos en las vestimentas.

Los parásitos más habituales solían ser las garrapatas, los piojos y los ácaros, cuya presencia provocaba una dermatitis seguida de un intenso picor. Las pulgas también eran muy frecuentes y su mayor peligro no era tanto las molestias que originaban sino el servir de vectores de otros agentes patógenos como Yersinia pestis, el microorganismo causante de la peste bubónica o peste negra. Precisamente fue una gran epidemia de peste la que azotó la ciudad de Sevilla en 1649, provocando la muerte a casi la mitad de la población. En consecuencia una gran número de niños quedaron huérfanos, faltó gente para trabajar la tierra, y las hambrunas posteriores fueron terribles, acentuando mucho más la vulnerabilidad de la personas a las dolencias provocadas por los ectoparásitos.

Por el Dr. Alberto Ortiz